Derecho Ciudadano

Por: María del Socorro Castañeda Díaz

Notre Dame

Qué complicado resulta a veces escribir cuando ocurren situaciones importantes que mucha gente pueden ver, y cuando, obviamente, gracias a la proliferación de las redes sociales, millones de personas emiten su opinión sobre el asunto y, por supuesto deciden hablar creyendo que tienen la razón en la mano. Todo parece indicar que para eso sirven las Tecnologías de Información y Comunicación, sobre todo Internet: para hablar acerca de los hechos cotidianos y exaltar el propio punto de vista, quitando importancia al de todos los demás.
Como sea, es siempre una ventaja contar con la posibilidad de escribir en un medio de comunicación formal, o mejor dicho: es diferente poder dejar claro un punto de vista cuando hacerlo es parte de la propia profesión, porque eso sí, por mucho que últimamente la prensa haya sido catalogada por alguien como “fifí”, con todos los epítetos consecuentes, ser periodista y decir lo que se piensa es casi siempre una acción que tiene un valor adicional, porque en términos generales los profesionales de la información exponemos nuestras ideas con base en sólidos argumentos.
Toda esta introducción tiene que ver con que, sinceramente, he observado con atención cómo muchas personas que utilizan las redes sociales han expresado su profundo pesar por el incendio ocurrido en la catedral parisina de Notre-Dame, que ocurrió el lunes 15 de abril y que, aunque afortunadamente no registró pérdidas humanas, sí representó una tragedia importante porque, además de su antigüedad, su belleza y su importancia, el templo es considerado desde 1991 Patrimonio de la Humanidad por acuerdo de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), como parte de las “Orillas del Sena en París”, que incluyen, además de la Catedral, a la Torre Eiffel y a la plaza de la Concordia.
En realidad, comparto la emoción porque, efectivamente, el monumento es uno de esos lugares que dejan sin aliento a quien lo visita, y está cargado de muchas manifestaciones de arte que tienen realmente un profundo valor no solamente arquitectónico, sino histórico y cultural, que trasciende las fronteras. Es realmente una pena que se haya perdido una parte importante de Notre-Dame, a causa de un incendio cuyo origen hasta el momento se desconoce.
Lo que me parece sinceramente desconcertante es esa especie de histeria colectiva que se generó en las redes sociales, espacio que fue empleado por millones de personas para expresar su pesar. No quiero exagerar con el término, pero en realidad estamos hablando de una conducta casi compulsiva que llevó a miles de personas, por ejemplo, a publicar en sus perfiles fotografías de la catedral, incluso a hacer cadenas para pedir oraciones por Notre-Dame y, por supuesto, a recordar a Quasimodo, el personaje creado por Víctor Hugo y protagonista de la novela “El jorobado de Nuestra Señora de París” eso sí, en su versión más amable: la que fue creada por la casa productora Disney. Dicen los expertos que una característica de la histeria colectiva radica en que se manifiesta una conducta que suele ser imitada por muchas personas. Y en este sentido, tengo que decir que los hashtags relativos a la tragedia: de “#JeSuisNotreDame” a #NotreDame, pasando por #Notre_dame_de_Paris son eso, una manifestación compulsiva que puede obedecer de verdad a un profundo y sincero dolor por la pérdida de un monumento muy importante, pero también puede ser resultado de una pose que tiene que ver más bien con la idea de que todo lo europeo es válido, es chic, es cool y demás adjetivos que se relacionan con viejo continente, sobre todo visto de esta parte del planeta.
Lo sorprendente es que, dentro de esa corriente de dolor casi inconmensurable por la pérdida de una buena parte del monumento, que por desgracia muchos de los mexicanos no han visto, aparece, desconcertante, un mensaje del canciller Marcelo Ebrard, quien señala con toda la solidaridad de la que es capaz un miembro importante de la Cuarta Transformación: “Lamentamos profundamente el incendio en la catedral de Notre Dame de Paris. Pueblo y Gobierno de México expresan su solidaridad con Francia y ponen a disposición su apoyo y conocimientos para la reconstrucción que habrá de venir”.
Me sigo preguntando a qué se refiere nuestro secretario de Relaciones Exteriores con eso de “apoyo y conocimientos”. ¿Qué es lo que el señor está ofreciendo? Porque sinceramente, me parece que en este caso se ajusta a la perfección aquello que las abuelas decían respecto a ser “candil de la calle y oscuridad de la casa”.
Y aquí dos aspectos que me llaman la atención. Usted, que tiene la paciencia de leer estas líneas, no tiene necesidad de saberlo, pero hace algunos días tuve la posibilidad de visitar el estado de Morelos. Solamente diré que el Palacio de Cortés, ubicado en Cuernavaca tiene por ahora una sola sala habilitada, y que personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia trabaja hasta los domingos para rehabilitar el lugar, que fue parcialmente destruido durante el sismo del 19 de septiembre de 2017. Obviamente por el momento el público no tiene acceso a los murales y en realidad nadie, más que los especialistas, sabe la importancia del daño que sufrió la que es considerada como la más antigua estructura civil de la época colonial que se conserva en el continente americano.
Lo mismo ocurre en Tepoztlán, en el ex Convento de la Natividad, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994. Por ahora, no hay acceso alguno a la iglesia dedicada a la Virgen del Rosario, que también sufrió daños en su estructura tras el temblor de 2017.
Esos son dos ejemplos de que, por más que queramos ser lindos y ayudar a los europeos, tendríamos que empezar por nuestra propia casa, sobre todo si consideramos que, en menos de 24 horas, gracias al apoyo de personas a quienes les sobran recursos, en París ya tienen la friolera de 600 millones de euros para iniciar la reconstrucción de Notre-Dame. Y qué bueno, es una alegría saberlo. ¿Pero y nosotros, canciller Ebrard, dónde quedamos?
Con todo respeto, me temo que la oferta del responsable de las relaciones internacionales de nuestro país sinceramente no tiene mucho sentido, y sí deja mucho por comentar porque, con su ofrecimiento, exhibió a nuestro actual gobierno como si por estos rumbos hubiera una gran ansiedad porque los europeos nos vean bien, posiblemente luego del ridículo aquel causado por la infausta misiva de cuyo contenido no quiero acordarme.
Por si fuera poco, justo el mismo día y hablando también de incendios, en el estado de Campeche, para ser más precisos en la Reserva de la Biosfera de Los Petenes, se perdieron 200 hectáreas y resultó gravemente afectada la flora y fauna del lugar. Pero obviamente, como no es un sitio tan popular y tomarse una foto ahí no es sinónimo de estatus, el asunto está pasando sin pena ni gloria, y por supuesto, hasta ahora no ha habido siquiera una décima parte de la solidaridad que mostramos por París.
Que quede claro: no estoy hablando de que se deba elegir una causa u otra. Se trata, más bien, de ser justos y dimensionar, pero sobre todo, de preocuparnos por lo inmediato, por lo cercano, antes de mostrar nuestro inmenso pesar por lo que en realidad está muy lejano.
Entendámonos bien: no estoy hablando de elegir entre el arte y la naturaleza. Lo que estoy diciendo es que podríamos considerar también como lamentable, trágico, triste, y sobre todo, prioritario, lo que tenemos cerca, lo que nos pertenece y a lo que pertenecemos. Dejo el tema para la reflexión.
¡Felices Pascuas a todos los lectores de Puntual!

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