EMILIO ULLOA
+++ LA REVOLUCIÓN QUE DERROCÓ A SOMOZA, LA DE NICARAGUA, REPRODUCE EL MISMO MODELO DE PODER
+++ ¿EL SANDINISMO CONSERVA SU ESENCIA O SOLO SU PERMANENCIA EN EL PODER?
La historia demuestra que no es raro que quienes derrocan una dictadura terminen reproduciendo las prácticas de poder que en algún momento combatieron. Daniel Ortega es uno de los ejemplos más claros de esa paradoja.
La Revolución Sandinista triunfó en 1979 con el propósito de terminar con la dictadura de los Somoza y construir un país basado en la justicia social, la soberanía, el pluralismo y la participación popular.
Su principal objetivo era evitar que Nicaragua volviera a quedar bajo el control de un solo hombre o de una sola familia, mediante instituciones al servicio de la sociedad.
Con el paso de los años, Ortega consolidó su permanencia en la Presidencia, impulsó reformas que fortalecieron al Ejecutivo y concentró el poder junto con Rosario Murillo.
Ese modelo terminó pareciéndose al sistema que la Revolución Sandinista prometió erradicar, al concentrar las decisiones políticas en un reducido círculo de poder.
Además, el gobierno ha justificado su permanencia con argumentos como la estabilidad, la defensa de la soberanía y la existencia de amenazas externas, razones utilizadas por distintos regímenes a lo largo de la historia.
Las revoluciones también pueden fracasar cuando sustituyen la participación ciudadana por el personalismo y la permanencia en el poder por encima de sus principios originales.
La mayor ironía es que Daniel Ortega, quien ayudó a derrotar una dictadura, enfrenta hoy el señalamiento de haber construido un régimen que reproduce los rasgos del sistema que alguna vez juró combatir.
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